Durante siglos, hombres y mujeres enunciaron sus secretos al vacío,
donde nadie podía escucharlos.
Durante siglos, no supieron expresar sus sentimientos,
y estos brotaron como manantiales hacia el mundo que los rodeaba.
Pero durante siglos, el mundo los escuchó y se impregnó de aquello que
callaban.
Porque no hay forma de esconderle al mundo los ecos de la verdad.
En los confines del mundo, un ser sin cuerpo despierta y siente que el
viento lo empuja hacia lugares olvidados.
En una casa en ruinas escucha la risa de un niño; en una calle vacía,
un grito ahogado; en una estación abandonada, una despedida que nunca
tuvo respuesta.
Sin darse cuenta, empieza a guardar todo eso dentro de sí.
Cuando intenta entenderlo, el peso de tantos recuerdos humanos casi lo
quiebra.
La humanidad, descubre, no es algo que un ser hecho solo de viento
debería atreverse a cargar.
Entre las hojas altas de un pastizal infinito, el viento danza entre
sus láminas.
Una voz sin cuerpo tararea y se deja llevar.
Suspendido sobre los árboles y arrastrado por el viento, llega a unas
ruinas cubiertas de musgo.
Al cruzar entre las piedras, algo lo detiene: un resto de emoción
humana se le clava dentro, como si el lugar se negara a olvidar.
Cuando lo deja entrar, el aire se vuelve cálido, casi vivo.
Entonces escucha unas risas fugaces, seguidas por una frase que el
tiempo dejó incompleta.
El ser sin cuerpo se inclina, queriendo entender, sin saber que esa
curiosidad empezará a cambiarlo.
Una ráfaga de viento lo arrastra lejos del destello.
En el aire, la luz que guardó empieza a unirse con él, como si buscara
un sitio donde quedarse.
Ya no es solo un suspiro. Empieza a tener un cuerpo que todavía no
entiende.
El viento la lleva hasta una playa.
La deposita entre las conchas, donde el aire vuelve a sentirse cálido,
casi familiar.
Por un instante reconoce esa sensación… pero esta se quiebra. Desde el
mar llega un frío seco que la atraviesa.
“Así que esto es el miedo”, murmura, mirando el oleaje avanzar y
retroceder.
Su silueta reacciona al temblor. La luz se aprieta, el viento se
ordena, y su forma se condensa poco a poco hasta volverse la de una
mujer hecha de niebla y recuerdo.
Se adentra en el mar.
A su alrededor, emociones —algunas olvidadas— rozan su cuerpo nuevo
mientras la corriente la recibe, la envuelve y la arrastra sin
resistencia.
Desciende entre sombras donde los colores laten como recuerdos breves,
casi extintos, y esas emociones —unas que la buscan, otras que huyen—
parecen saber que está hecha para guardarlas.
Allí, la presión comienza a crecer; no del agua, sino de algo más
antiguo.
Un recuerdo hundido hasta estas profundidades despierta a su
alrededor.
Voces rotas, lloros, respiraciones entrecortadas… todo vibra como si
el mar las hubiera guardado durante siglos.
El miedo se vuelve peso; intenta ascender, pero la memoria la sujeta,
empeñada en arrastrarla con ella.
Emerge del mar y el viento la recoge una vez más; su forma, ahora más
nítida y casi humana, avanza hasta un campo de flores que se mecen al
compás del aire, donde siente el dolor vuelto suave, casi hermoso.
Frente a ella aparece un orbe morado que late despacio; al tocarlo
comprende qué es la pérdida: amar algo tanto que duele… y aun así
tener que dejarlo ir.
Desesperada por lo que siente, corre sin rumbo, buscando dejar atrás
cada emoción que la persigue.
El bosque se vuelve más denso; los troncos se alzan como pilares de un
templo antiguo.
Entonces encuentra un claro.
Un espacio pequeño, escondido, donde la luz apenas toca el suelo.
En ese silencio, un recuerdo de familia llega a ella: suave,
inesperado, como una mano que se posa en su espalda; no ves rostros ni
lugares, solo la certeza de pertenecer a algo, un calor que llena los
huecos que el miedo había dejado.
Puede bajar los hombros, cerrar los ojos y permitirse, por un
instante, que el mundo no la reclame.
Ese pequeño recuerdo la sostiene… y le permite descansar.
No todo lo que siente debe doler.
Decide caminar por su cuenta; ya no está siendo guiada. En la cima de
la montaña, observa el pastizal donde todo comenzó.
Es un recuerdo propio por primera vez: un simple alivio al reconocer
que ya ha estado allí antes.
Se pregunta si ese recuerdo también quedará en el mundo cuando ella ya
no esté.
Decide bajar. Antes de dar el primer paso, mira atrás y ve todo lo que
ha vivido: el viento que la llamó, el miedo del mar, la pérdida, la
paz y ese primer recuerdo que por fin fue suyo.
En silencio murmura: “Solo los humanos son capaces de resistir tanto…
de mantenerse enteros mientras el mundo los parte.”
Apenas esas palabras dejan su boca, su cuerpo comienza a deformarse.
La luz que alguna vez la mantuvo unida se escapa en hilos inestables,
filtrándose por pequeñas grietas que aparecen en su piel recién
formada.
Las líneas de luz tiemblan, como si algo dentro de ella estuviera a
punto de romperse.
La luz se acumula en su interior, buscando salida,
hasta que en un estallido silencioso su cuerpo se disuelve por
completo.
Se libera.
Todo lo que alguna vez fue se convierte en viento, el mismo que alguna
vez la guió por el mundo.
Y al final solo queda un pequeño orbe de luz flotando en el aire.
Un nuevo recuerdo.
La única memoria que será suya por toda la eternidad.